Más rápido no es mejor. El coste humano del «crecimiento exponencial»
Más allá de las valoraciones financieras, lo que realmente inquieta es hasta qué punto este discurso del crecimiento exponencial, con su promesa de curvas ascendentes indefinidas mediante inversiones masivas en chips y datos, está reconfigurando la vida cotidiana de millones de personas. No se trata solo de números en balances: cada ronda de financiación a precios desorbitados consolida un modelo donde el valor se mide por expectativas futuras, no por contribuciones reales al bienestar colectivo. ¿Qué sentido tiene perseguir un "salto histórico" si deja atrás a quienes sostienen la sociedad con su trabajo diario? La confianza ciega en esta escalada tecnológica ignora que el capital barato, que durante años impulsó valoraciones estratosféricas, siempre ha tenido un precio social. Empresas valoradas más por su narrativa disruptiva que por beneficios tangibles compiten por talento y recursos, concentrándolos en manos de unos pocos mientras el resto enfrenta una precariedad creciente. El mismo martes 17 de febrero Expansión publicaba un artículo en el que se anunciaba que tres grandes empresas de nuestro IBEX podrían recortar el empleo un 15% con la IA. Al día siguiente se produjo una nueva subida del salario mínimo interprofesional y algunos expertos aseguraron que una subida del 10% del SMI supondría un 8% de disminución del empleo por la IA. Precisamente por eso, Bloomberg ya ha bautizado el impacto de la IA sobre las tecnológicas medianas como el Saaspocalipsis, el hundimiento del sector del “software as a service”. Así lo señala con crudeza Actualidad Económica: “una empresa de apenas 2.000 empleados, Anthropic, puede provocar cientos de miles de despidos en otras compañías a través de la homogenización de sus productos, dejando a programadores sin capacidad de adaptarse”. En la misma dirección nos advierte la última