Más allá de las valoraciones financieras, lo que realmente inquieta es hasta qué punto este discurso del crecimiento exponencial, con su promesa de curvas ascendentes indefinidas mediante inversiones masivas en chips y datos, está reconfigurando la vida cotidiana de millones de personas. No se trata solo de números en balances: cada ronda de financiación a precios desorbitados consolida un modelo donde el valor se mide por expectativas futuras, no por contribuciones reales al bienestar colectivo. ¿Qué sentido tiene perseguir un «salto histórico» si deja atrás a quienes sostienen la sociedad con su trabajo diario?

La confianza ciega en esta escalada tecnológica ignora que el capital barato, que durante años impulsó valoraciones estratosféricas, siempre ha tenido un precio social. Empresas valoradas más por su narrativa disruptiva que por beneficios tangibles compiten por talento y recursos, concentrándolos en manos de unos pocos mientras el resto enfrenta una precariedad creciente. El mismo martes 17 de febrero Expansión publicaba un artículo en el que se anunciaba que tres grandes empresas de nuestro IBEX podrían recortar el empleo un 15% con la IA. Al día siguiente se produjo una nueva subida del salario mínimo interprofesional y algunos expertos aseguraron que una subida del 10% del SMI supondría un 8% de disminución del empleo por la IA. Precisamente por eso, Bloomberg ya ha bautizado el impacto de la IA sobre las tecnológicas medianas como el Saaspocalipsis, el hundimiento del sector del “software as a service”. Así lo señala con crudeza Actualidad Económica: “una empresa de apenas 2.000 empleados, Anthropic, puede provocar cientos de miles de despidos en otras compañías a través de la homogenización de sus productos, dejando a programadores sin capacidad de adaptarse”.

En la misma dirección nos advierte la última investigación- dirigida por Juan Gabriel Rodriguez, catedrático de economía de la Universidad Complutense de Madrid- del Observatorio Social de la Fundación la Caixa, cuyo artículo publicado en el diario Expansión de lunes 2 de marzo, titulaba “La IA aumenta la desigualdad laboral y amenaza el empleo”. Este estudio sostiene también que la IA es una tecnología que no solo puede sustituir las tareas rutinarias, sino también las creativas.

En este esquema, el desempleo no es un efecto colateral accidental, sino el precio implícito de la eficiencia: ¿es ético aceptar que la automatización masiva, financiada por especulación, desplace sistemáticamente profesiones enteras sin un plan colectivo para redistribuir lo generado?

Límites materiales y dilemas éticos

Los costes reales, energía descomunal, infraestructuras voraces, hardware escaso, revelan los límites físicos de este modelo, pero también plantean preguntas éticas más profundas. ¿Por qué destinar recursos finitos del planeta a modelos que, según críticos como el ilustre profesor Gary F. Marcus, – un reconocido y prestigioso autor en el campo de la inteligencia artificial,- asegura que la IA- produce solo «charlatanes más caros» en lugar de soluciones humanas sostenibles y sostiene que  «OpenAI es el WeWork de la IA»,( recuerde que WeWork pasó de ser un caso startup de éxito, a un fiasco financiero tras la pandemia de COVID-19 en 2020).

Según diversos autores la supuesta escalabilidad choca con la realidad: cada avance requiere más extracción, más consumo, más deuda ecológica. Aquí el análisis financiero se cruza con lo humano: ¿deseamos un progreso que acelera el cambio climático para optimizar procesos que podrían resolverse con menos ambición tecnológica?

Esta dinámica no es neutral. Los datos que alimentan estos sistemas reflejan desigualdades preexistentes, sesgos de género, raza, clase, amplificándolas en decisiones cotidianas como contrataciones o préstamos. Invertir miles de millones en opacidad algorítmica, sin mecanismos éticos vinculantes, equivale a apostar por un futuro donde la confianza social se erosiona. El riesgo sistémico trasciende lo bursátil: si la burbuja revienta, no solo ajustarán carteras, sino economías locales, comunidades dependientes de empleos ahora automatizados y una generación formada en la ilusión de que el crecimiento infinito es moralmente neutro.

Repensar el «suficiente» en tiempos de exceso

La pregunta de Robert Skidelsky (prestigioso historiador económico inglés experto en la materia) resuena con más fuerza que nunca: ¿qué prisa tenemos? No basta con cuestionar la viabilidad financiera de estas valoraciones; urge debatir si este modelo de progreso, donde el crecimiento tecnológico exponencial justifica cualquier coste humano o planetario, es deseable. Históricamente, las revoluciones tecnológicas han alterado el trabajo y la vida social, pero nunca a esta velocidad ni con tal concentración de poder en algunas compañías. ¿Queremos una sociedad donde la productividad se mida por gigavatios consumidos y no por tiempo liberado para lo humano: relaciones, creación, ocio reflexivo?

Conectar el capital especulativo con su impacto cotidiano revela la fractura: mientras unos acumulan fortunas con promesas de IA salvadora, otros pierden posibilidades sobre su propio futuro laboral y cognitivo. Tal vez el verdadero riesgo no sea la corrección de una burbuja, sino la normalización de un progreso que prioriza métricas financieras sobre dignidad, equidad y sostenibilidad a largo plazo. Un debate público genuino, no secuestrado por inversores, podría redirigir estos recursos hacia un «suficiente» colectivo: tecnología al servicio de la vida plena, no al revés. ¡¡ Lo necesitamos!! …porque más rápido, no es mejor.

José Manuel Casado González. Presidente de Qaracter y fundador de 2.C Consulting

Oscar Martín García. Consultor de Qaracter experto en IA.